mayo 16, 2020

Sexto Domingo de Pascua

SEXTO DOMINGO DE PASCUA

La Palabra del VI Domingo de Pascua (B) | COMBONIANUM ...

 

 SIN EL ESPÍRITU, EL EVANGELIO NO ES MÁS QUE UNA DOCTRINA


Solemos imaginar al Espíritu como algo invisible, intangible, todo lo opuesto a lo material; pero el Espíritu es muy real, es un soplo, un hálito potente de vida. Por eso Dios es Espíritu en cuanto es fuerza arrolladora e incontenible, semejante -lo dicen las escrituras- al viento impetuoso. En este domingo Jesús nos recuerda que no solo es el camino (reflexión del domingo pasado), sino que nos comunica su Espíritu, su fuerza para alcanzar la meta (la Eternidad).


Este domingo la liturgia de la Iglesia, sigue mostrándonos la experiencia y sentimientos de los discípulos frente a la despedida de Jesús en la última cena, donde a pesar de comprender que está a punto de dejarlos, la tristeza e incertidumbre los lleva a preguntarse cómo podrán seguir unidos a él, seguir amándolo si se va. Jesús nos promete no dejarnos solos, sin protección, sin guía; por eso nos enviará el “defensor”, el “espíritu de la verdad” que esté siempre con nosotros y nos invita a todos los que estamos celebrando la Pascua a continuar en actitud de alegría y esperanza.


Entonces, en qué nos puede ayudar la Resurrección del Señor, en este tiempo de pandemia que nos tiene experimentando como a los discípulos del Señor, tristeza y desolación, incertidumbre y dudas sobre el tiempo próximo y lejano de nuestras vidas.  Jesús aclara que el Espíritu Santo solo puede ser acogido por aquellos que estén en sintonía con él, por los que asumen en su vida sus proyectos y obras de amor.




El mundo y los hombres de hoy no podremos recibirlo, si en medio de esta realidad de enfermedad y muerte que estamos viviendo a nuestro alrededor, sigue reinando en nuestros corazones las tinieblas de pecado, del odio, de la corrupción, de las pasiones desordenadas. De ahí la necesidad de acoger el Espíritu que nos deja el Salvador, como lo afirma el apóstol Pablo en una de sus cartas: “Nosotros hemos recibido no el espíritu del mundo sino el Espíritu de Dios” (1Corintios 2,12).


Por eso, hoy debemos asumir que el Evangelio de Jesús más que una doctrina, es un modo de vida, una manera de vivir guiada por el Espíritu que nos hace ser signo, testimonio, presencia real de Dios en nuestras vidas. El “defensor”, es decir aquel que es llamado para estar junto al que se encuentra en dificultad, no es otro sino aquel que hace posible de desarrollar nuestra misión. El Espíritu viene en auxilio para que, en medio de nuestras dificultades no nos desanimemos, no nos desesperemos, no perdamos la serenidad ni la paz en el corazón. El que cree en el Espíritu no teme, no se abate ni aun cuando experimenta debilidad y está convencido de la fuerza y poder de Dios, teniendo la seguridad de no salir derrotado.


Además, el “Espíritu de la verdad”, nos da la certeza que todos podremos acercarnos a la fuente pura del Evangelio, porque en la Iglesia encargada de anunciarlo, está operante la fuerza de la salvación prometida por Jesús. Él es el encargado de conducir a cada uno de nosotros al descubrimiento de toda la verdad. Por eso, nuestro deber de hombres y mujeres de fe, es estar abiertos a los impulsos del Espíritu que revela siempre cosas nuevas.

El Padre no es un Dios lejano, sino que se acerca a nosotros, vive con y en nosotros, formando comunidad. La presencia de Dios en nosotros no es algo estático, sino que nos trasmite un dinamismo especial, que proviene de la fuerza del Espíritu Santo. Ser cristianos es descubrir cada día la novedad de la Palabra de Dios, es buscar nuevas oportunidades de servicio a los hermanos, es indagar por la voluntad concreta de Dios sobre nosotros, aquí y ahora.

En el texto de San Juan, -que hoy se proclama en la liturgia dominical- Jesús anuncia el regalo del Espíritu Santo, que revoluciona las ideas tradicionales sobre la espiritualidad. Con la presencia del Espíritu Santo en lo más íntimo de nuestro ser se inaugura una nueva forma de relación con Dios y se crea el espacio para una nueva comprensión de la espiritualidad, en la que no hay separación entre el mundo sagrado y el profano, pues toda la realidad creada se convierte en sacramento, presencia, lugar de encuentro con ese Dios que nos hace sus hijos.


Ya no necesito confiar en mis propios recursos, sino pedirle a Dios, quien prometió ayudarme y está pronto a enviarme el Espíritu Santo. Para estar abierto al Espíritu, yo debo primero aquietar mi cuerpo y luego mi corazón. En este tiempo de quietud en medio de nuestras familias, Dios nos enseña a ver el mundo de manera diferente. No actuamos solo en Él, sino que estamos acompañados del siempre presente Espíritu de Dios.