mayo 09, 2020

Quinto Domingo de Pascua


QUINTO DOMINGO DE PASCUA


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Con el avance del tiempo pascual vamos siendo testigos del crecimiento de la Iglesia y percibimos, de igual manera, las distintas consecuencias e implicaciones de la Resurrección del Señor y su nueva presencia en medio de nosotros.

La liturgia de este quinto Domingo de Pascua nos hace considerar, una vez más, que Cristo Resucitado es el único cimiento de la Iglesia, es la piedra angular; es decir, aquella sin la cual la construcción se iría a la ruina y, al mismo tiempo, aquella que da consistencia a todas las demás.

¿Quién es Cristo?  Esta vez de sus propios labios escuchamos lo que nos dice de sí mismo. Él, que es el camino, la verdad y la vida, quiere que sus discípulos participen de su vida —«Los llevaré conmigo, para que donde esté yo estén también ustedes»— y hace una llamada urgente a la fe, a aceptarle y a aceptar a quien él revela: al Padre.

Si el Señor es el camino, la verdad, la vida, la piedra angular, la vid para la Iglesia, cada uno de nosotros en particular tenemos un papel activo y una responsabilidad ineludible en nuestra relación con Dios, con el mundo, con la comunidad, con cada una de nuestras familias. En este sentido, se comprende que el llamado que nos hace a cada uno, de manera especial en estos días de pandemia, de enfermedad, de muerte, a colaborar en la construcción de un mundo diferente, donde valoremos la familia, el amor, el perdón y la reconciliación, es prioritaria y urgente; y así posibilitemos que la Palabra de Dios siga creciendo y se multiplique el número de los que creemos y amamos a Cristo vivo.

Es por esto que ante un eventual desconcierto que seguimos experimentando, rodeado de dudas, de pérdida de credibilidad, de ausencia de fe y esperanza en el mundo de hoy, debemos volver nuestra mirada y nuestro corazón a Jesús, quien al apóstol Tomás le dijo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí.» Ese es el rumbo hacia donde nuestra Iglesia, que somos todos, debe dirigir nuestro quehacer cotidiano, construyendo el “Reino”. Así este párrafo del Evangelio según Juan, nos entrega un potente mensaje de Jesús; pero ¿qué significa esta frase para nosotros hoy? ¿Acaso estamos en la misma situación de los discípulos, de no entender su significado y seguir preguntando? o está tan claro el mensaje que nos asusta y lo hacemos a un lado porque el mundo actual nos plantea “otras cosas” para seguirlas y ser felices…


YO SOY EL CAMINO: esta afirmación contundente y clara de Jesús nos plantea desafíos relacionados al destino de nuestra vida en su conjunto, nos da un propósito por el cual vivir, nos permite tener firmeza en nuestras decisiones para avanzar hacia la realización plena de nosotros mismos. 

YO SOY LA VERDAD: esta palabra nos invita a superar la división entre lo que anunciamos y practicamos cada día para crecer en coherencia. Es la palabra que nos interroga acerca de la “verdad” que estamos llamados a vivir, venciendo en nosotros dudas, cuestionamientos y que nos invita a hacer de nuestras obras diarias signos verdaderos de la presencia real de Jesús.

YO SOY LA VIDA: Es la palabra que nos plantea más profundamente el propósito real y definitivo de nuestra existencia, nos plantea un reto y a la vez una invitación de sentirnos más útiles y plenos como seres humanos, para hacer de nuestra existencia algo más relevante que el hecho de “sobrevivir”, porque es la palabra que le da sentido y valor a nuestra existencia y al mismo tiempo nos recuerda que la única vida es la eternidad.

De qué manera manifestamos concretamente que Jesús es camino, verdad y vida. Recordemos siempre que sin un camino no se anda, sin verdad no se acierta y sin vida sólo hay muerte. Siguiendo a Jesús Resucitado, estaremos unidos al Padre y tendremos la vida en nosotros.