mayo 23, 2020

Séptimo Domingo de Pascua

SÉPTIMO DOMINGO DE PASCUAS


EL ÚLTIMO ENCUENTRO CON JESÚS

Jesús permanece con los apóstoles durante cuarenta días, entre su resurrección y su ascensión. En estos cuarenta días, continuó enseñando a los apóstoles a fin de prepararlos para el ministerio que comenzaría después de que el Espíritu Santo descendiera sobre ellos en Pentecostés. Este plazo de cuarenta días es suficiente para terminar de enseñarles el mensaje que transformará al mundo.

El número “cuarenta” aparece muchas veces en la Biblia. La mayoría de veces, tiene un sentido figurado y no literal. El número “cuarenta” es, por lo tanto, simbólico. Cuarenta años es el tiempo necesario para que algo nuevo surja según la costumbre bíblica. Cuarenta es un número que simboliza la esperanza.

Jesús utilizó el período de cuarenta días para enseñar a sus discípulos acerca del reino de Dios, el cual estará en conflicto con los reinos de este mundo y será revelado al mundo a través de la Iglesia. Los apóstoles necesitan este tiempo con Jesús para entender el objetivo de su sufrimiento y el poder de su testimonio antes de ser enviados a anunciar la buena nueva de la salvación.

Este domingo celebramos entonces que Jesús asciende al cielo desde el monte de los Olivos. Imaginemos la escena, todos mirando hacia el cielo mientras Jesús se eleva hasta las nubes. Los discípulos reunidos miran fijamente al cielo mientras Jesús desaparece frente a ellos. Sin embargo, no podemos quedarnos como una Iglesia estática que fija su mirada solamente hacia arriba, por eso los ángeles cumplen con su deber y renuevan hoy en nosotros el mensaje enviado por Dios: Jesús volverá de la misma manera que lo vieron partir. Pero mientras vuelve debemos mirar nuestra mirada al mundo, a la sociedad en la que vivimos, a las personas que nos rodean, a los seres queridos que amamos para poder decir Jesús vuelve al Padre, pero está con nosotros hasta el fin del mundo, hasta el final de los tiempos.

Con esta fiesta de la Ascensión termina prácticamente la Pascua. Es el último encuentro de Jesús resucitado con los discípulos. Y se repiten las constantes que han estado presentes a lo largo de los evangelios. Por una parte, la confianza que Jesús pone en los discípulos cuando les dice que ellos van a ser los encargados de continuar su obra: “Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos”. En sus manos ha puesto Jesús el tesoro del evangelio, del anuncio de la buena nueva de la salvación para la humanidad. Por otra parte, nos muestra todavía incluso en este último momento de su ascensión al cielo la incomprensión de los discípulos, que siguen sin entender del todo la misión de Jesús y por tanto, su misma misión como continuadores de la salvación, manifestada en la pregunta: “¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?”.

Entonces, ¿qué significa celebrar la Ascensión del Señor? Ponernos en actitud de seguir caminando y asumiendo nuestra misión en el mundo de hoy anunciando el Evangelio, y atrayendo a muchos a la vida de Dios, sin olvidar que esta vida tan atractiva y llena de bendiciones, a pesar de las dificultades que como hoy experimentamos, no es el final sino el medio de llegar a esa meta eterna del Cielo

La promesa del Espíritu Santo (Cuya fiesta celebramos el próximo domingo) debe mantener nuestra esperanza de llegar a comprender del todo la misión de Jesús y nuestra propia misión. Por eso, nuestro periodo de aprendizaje, como lo fue para los discípulos no ha terminado, necesitamos recibir el Espíritu Santo que será el que nos haga conocer de verdad el significado de las palabras y la vida de Jesús. De alguna manera, es necesario que Jesús desaparezca físicamente de nuestras vidas para que abramos nuestro corazón a una comprensión más profunda y verdadera del resucitado, para llegar a comprender que hay otra forma de presencia de Jesús en medio de la comunidad, una presencia que será constante y firme hasta el final de los tiempos. 

Hoy en la Iglesia, en nuestra comunidad, en nuestro corazón, seguimos necesitando la presencia del Espíritu que nos ilumine para comprender cuál es la esperanza a la que nos llama Jesús, la riqueza de la gloria que es la herencia de los que creen en él, la grandeza de la misión de ser testigos del amor de Dios para todos, sin límites ni distinciones. Quizá nos convendría releer la segunda lectura del día de hoy para hacer con ella nuestra oración y pedir al Padre que nos envíe el Espíritu de Jesús, porque, aunque nos cuesta entender queremos seguir su llamada de anunciar la buena nueva de la salvación a todos los hombres y mujeres. 

 Y para terminar preguntémonos: ¿Qué significa para nosotros anunciar el Evangelio a toda la creación? ¿Es un mandato que compromete solo a los consagrados y religiosos? ¿Qué tendríamos que hacer para anunciar el Evangelio a los que nos rodean?... ojalá cada uno las podamos responder con nuestro testimonio y ejemplo diario, que nos lleve a seguir construyendo en nosotros el Reino de Dios.

JUAN JOSÉ BELTRÀN

PASTORAL