SOLEMNIDAD
DEL SAGRADO CORAZÓN DE

SÍMBOLO SUPREMO DE RECONCILIACIÓN
La devoción al Sagrado Corazón tuvo su origen centrada en la persona de
Jesucristo, que concebía el corazón como centro vital y expresión de su entrega
y amor total. En tal sentido, la devoción al Sagrado Corazón refiere en
particular a los sentimientos de Jesús, y en especial a su amor por la
humanidad: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado
su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban
en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Para el Antiguo Testamento,
el corazón era la sede del amor y la totalidad de la persona humana. (El Leb de
Adonay, es decir el corazón del Señor).
La devoción al Corazón de Jesús es de origen medieval. Sin embargo, la
fuente más importante de la devoción, en la forma en que la conocemos
actualmente, es santa Margarita María Alacoque de la orden de la Visitación de
Santa María, a quien Jesús se le apareció. En dichas apariciones, Jesús le dijo
que quienes oraran con devoción al Sagrado Corazón, recibirían muchas gracias
divinas: “Mira este corazón mío, que, a pesar de consumirse en amor abrasador
por los hombres, no recibe de los cristianos otra cosa que sacrilegio,
desprecio, indiferencia e ingratitud, aún en el mismo sacramento de mi amor.
Pero lo que traspasa mi Corazón más desgarradamente es que estos insultos los
recibo de personas consagradas especialmente a mi servicio.”
En
las profundidades del corazón humano se origina, bajo la acción de Dios, el proyecto
mayor de cada uno de los hombres: reconciliarse consigo mismo, con los demás y
con el Padre.
La
Revelación que anuncia la Iglesia Católica sobre el Sagrado Corazón de Jesús, nos
manifiesta que el Hijo único de Dios quiso asumir un corazón de carne, un
corazón dividido, un corazón amante y misericordioso, precisamente para
convertirse en el Mediador deseoso de la realización de nuestro triple proyecto
de reconciliación. El Corazón de Jesús quiso conocer y experimentar la desintegración
de la muerte, el odio de sus hermanos y un misterioso abandono de su Padre a
fin de cumplir en nosotros y en el universo su voluntad reconciliadora con
nosotros mismos, con nuestros hermanos, con Él mismo y con su Padre.
Aceptó
detener en la muerte, sus latidos amorosos para darnos, con la Sangre y el Agua
de sus sacramentos el Espíritu, que es la reconciliación en forma de remisión
de los pecados, el Espíritu de amor que es el soplo vivificante del Corazón del
Resucitado.
En
la Sangre derramada de su Corazón traspasado Jesús unificó el proyecto divino
de reconciliar a los hombres con su Creador, y el proyecto humano de
reconciliarnos con los demás. Cristo no
murió para dispensarnos de sufrir y morir, sino para pudiésemos con Él, amar al
Padre, incluso en medio de sufrimientos, de enfermedades, de muerte, a pesar de
nuestras debilidades y pecados. De aquí, que la institución del sacramento de
la Penitencia, es el signo eficaz de la reconciliación y reparación de nuestro
corazón que nos permite acercarnos a la gracia de la Salvación.
El
culto al Corazón de Jesús facilita el acceso a los Sacramentos de la Penitencia
y de la Eucaristía, que reparan nuestras debilidades y fortalece nuestro
caminar. La reparación es el ejercicio activo de la justicia amorosa de Jesús
que a través de su pasión, muerte y resurrección, renueva y consuela nuestra
Salvación en los que creemos en Él.
En
el Corazón de Jesús, el amor y la misericordia de Dios Padre, se hace visible y
se cumple la palabra escrita en el evangelio de Juan: “Porque
tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree
en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Renovar la devoción al Corazón de Cristo es
volver a la fuente del mandamiento más importante, para demostrar que no hay
palanca más eficaz para elevar el mundo que el amor cristiano. No hay motor más
potente para mover a humanidad como amar con Cristo, pero hay que accionarlo,
porque si esta quieto no mueve nada. Al corazón de Jesús hay que ponerlo en
contacto con las miserias del hambre, la injusticia, la desesperanza y el
desamor para derribarlos; hay que ponerlo en contacto con las miserias del
hambre, de la pobreza, del subdesarrollo para se traduzca en alimento, trabajo
y progreso, ya que el amor del Corazón de Jesús hoy se llama solidaridad.
EQUIPO DE PASTORAL
JUAN JOSÉ BELTRÁN